domingo, 20 de mayo de 2012

Angelina - Capítulo Uno


Safe Creative #1205101614999
Derechos Reservados

Advertencia: Novela explícita,
violencia, libertad de lenguaje, sexo
y pasajes paganos de mucha fuerza.
(No apta para personas muy religiosas).
Mayores de 18 años

                                                        

Capítulo Uno
Cuando empecé a escribir, quería que mi historia quedara en una memoria para la eternidad… ¡Pero que estoy diciendo!, la eternidad de mi relato se reduce al fugaz momento en que  este cuaderno exista. Si ha caído en tus manos, curioso lector, la fortuna te ha iluminado, ya que conocerás uno de los más grandes secretos jamás revelado a los seres humanos.
Antes de iniciarlo, pasé muchos días poniendo en orden mi cabeza, mis ideas estaban inconexas y en un principio no sabía cómo darle forma.
Mis días transcurrían solitarios, sin su presencia, sin escuchar su voz, sin las largas caminatas a la orilla del Arkansas River con la única compañía de los cisnes y otras aves que buscaban su alimento en las aguas; días sin lecturas de clásicos en algún perdido café de los rincones del downtown de la pequeña ciudad de Little Rock; días sin navegar en el Lake Maumelle de Big Rock con aquel ángel a mi lado, aquella bella creatura que poseía una constitución bivalente, en su misterioso ser guardaba la esencia de la luz y la oscuridad; días    sin ese ser que me trajo hasta donde me encuentro ahora.
Antes de pasar a narrar mi inverosímil historia, me presentaré contigo, querido lector. Mi nombre es Eloy Díaz, tengo veintidós años y era una persona normal, hasta que todo esto sucediera. Como cualquier miembro de la comunidad, vivía con una familia común. Era el hijo único y asistía al colegio, mis padres se responsabilizaban de todo y mi vida estaba arreglada en todos sus detalles. Sólo tenía que traer buenas calificaciones, estudiar y cada fin de semana, divertirme en las fiestas que mis amigos y yo organizábamos; no tenía responsabilidades.
Durante estos tiempos, nada me preocupaba, tenía todo a la mano y aún no había tenido el privilegio de haber enfrentado los reveces de la vida.
Sin embargo, estaba escrito en mi destino,  algo que nunca imaginé y que me haría cambiar esa actitud  relajada para siempre.
No me gustaba la música, ni era adepto a ver la televisión, tampoco me apetecía la lectura de algún buen libro o del  periódico.
Era como un autómata que pasaba por este mundo sin prestar demasiada atención a su entorno, viajaba por el universo por una ruta diferente a la de los demás.
Los deportes no eran mi afición, sin embargo, me había alistado en el equipo de futbol de la escuela.
En general mi vida era un poco aburrida y monótona, no había nada interesante en ella, ni siquiera una novia que me hiciera una pataleta alguna vez por haber mirado a otra chica y estaba a punto de ingresar en las filas de los perdedores.
Iba a la secundaria en el condado Poulaski, del estado de Arkansas, tenía muchos amigos y era bastante popular en la escuela. Increíble, pero así era, porque al ser el único latino de la clase, era algo así como una rareza. Mi popularidad tenía su origen en mis diferencias con los otros y no por mis cualidades o simpatía. Todos hablaban de mí, pero eran pocos los que hablaban conmigo. El tema más común de conversación en mi presencia era lo gracioso de mi acento y mi estatura que causaba mucha gracia a las chicas. Me decían en un español con fuerte acento norteamericano, “poquito hombre, muy poquito” y hacían una seña con la mano que hacía referencia a alguna parte de mi cuerpo. Sin embargo, no prestaba atención a estas cosas, porque sabía que no lo hacían con intención de molestarme, era parte de las bromas que cualquier estudiante de secundaria debe soportar de sus compañeros de clases.
En otros casos puede ser el color del pelo, la forma de caminar, los kilos extra, una voz muy chillona. En mi caso, mi defecto era mi estatura.
Observaba a quienes me criticaban por mi tamaño y había notado muchos defectos en ellos, pero nunca hice referencia a éstos, por miedo a ofenderlos. Quizá mi sentido del respeto a los demás estaba más desarrollado, no puedo asegurar nada; tal vez tenía miedo de ser agredido físicamente por algún compañero más fuerte. No era un cobarde, creo que este miedo lo experimentamos todos, aunque nunca hablamos de él, tememos ser ridiculizados frente a los demás por los más fuertes, y esta sensación se agrava más cuando tenemos alguna desventaja visible para los otros, entonces, quienes se dan cuenta, saben que si inician una afrenta con el compañero que presenta desventajas, la victoria está asegurada.
¡Sí, debía ser eso! Aquella era la razón de enlistarme en el equipo de futbol, había escuchado que cuando se practica este deporte, los huesos se endurecen y es más difícil que un enemigo te derribe en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
En su momento, entrenaba con devoción, porque pensaba que estaba contribuyendo a mi fortalecimiento y desarrollo físico. Si los otros veían que no me atemorizaba jugar un deporte tan rudo como el futbol, entonces lo pensarían dos veces antes de meterse conmigo.
También frecuentaba por propia convicción una iglesia  católica los domingos por la tarde y era un poco más religioso  que el común de las personas de mi edad. Mis compañeros de aula, —los cuales eran más relajados en cuanto a la religión y otros tópicos, como la aceptación del sexo y el alcohol, que, aunque a su edad estaban prohibidos, eso no les impedía ser sus más fervientes consumidores—, a veces me decían:
—Te van a salir alitas de ángel amigo y te vas a ir derechito a los cielos.
Yo no hacía más que tomarme a broma todo aquello y nunca me molesté por éste y otros comentarios bastante vulgares y que rayaban en el mal gusto, pues a nadie debe de importarle la vida espiritual de los demás.
En mi caso, nunca hice alarde de mi religión, ni de mi vida ordenada, siempre quise pasar desapercibido, pero, como era diferente a los otros, no lo lograba.
Es natural que si un japonés está en medio  de un grupo de latinos se note mucho, aunque no lo desee. Del mismo modo, yo, con mi ascendencia  latina, sobresalía entre los demás y no precisamente por lo agraciadas de mis facciones.
Era el más enano de la clase, el de piel más oscura y el único que no tenía ojos azules. Todo esto era lo que marcaba mi diferencia, y algo que me hacía parecer más bien bastante feo era mi cabello, lizo y erizado como púas.
Con la descripción de mi apariencia no deseo más, que hacer hincapié en lo extraordinario de que alguien se fijara en mi persona, según los conceptos de lo que debe ser una pareja normal,  tomando en cuenta los cánones de las castas sociales, las diferencias raciales y los niveles de un individuo a razón de su economía. No deseo iniciar un debate acerca de este tema en mi historia, solo lo menciono de paso, porque lo considero importante para ésta. Ya que pertenezco a esos individuos que por una u otra razón, se convierten en la pareja de una persona proveniente de otro nivel social y otra raza.
Cuando le recuerdo, veo solo la belleza de su ser antes de conocer lo que escondía, para mí siempre será la mujer hermosa y bondadosa que fue al principio, lo otro… lo otro sólo fue una pesadilla.
Ella era tan bella, magnifica y diferente, lo fue todo en mi vida y era todo lo que pude llegar a tener.
Ella me mostró los dos lados de este mundo de mentiras, con ella conocí el placer y el dolor, la felicidad y la tristeza, el amor y el odio, la vida y la muerte, era ella como un inmenso talismán que me daba  poder. Era el ruido y el silencio, el día y la noche, era cuerpo y espíritu, ciencia y religión.
Ella era más, mucho más de lo que pudo ser cualquier otro ser que hubiese caminado por este mundo, porque poseía todo y podía darlo todo; tenía la belleza del ángel más hermoso, era la portadora de luz; mentirosa y traicionera como una serpiente, deslumbrante y poderosa como una estrella de la mañana; y triste y rebelde como un ángel caído. Ella era todo eso, porque era hija de aquel… aquel que poseía desde siempre esas cualidades.
Angelina, te has ido para siempre, Angelina.
Y después de tanto adorarte, pensar que fui yo quien te arrancó la vida, oh Angelina.

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