martes, 5 de junio de 2012

03 Capítulo Tres



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Derechos Reservados

Advertencia: Novela explícita,
violencia, libertad de lenguaje, sexo
y pasajes paganos de mucha fuerza.
(No apta para personas muy religiosas).
Mayores de 18 años
           

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 Capítulo Tres


Aquel era un día de clases normal, aburrido y monótono, con la única diferencia que sería el inicio de un cambio radical en los sucesivos; un día de esos que no advertimos hasta que estamos sumergidos en lo que nos ha traído. Ese día conocí a Angelina Van Order, una joven de nuevo ingreso en la Central High School. Arribó del estado de Massachusett, de una ciudad llamada Boston donde asistía a uno de los mejores colegios;
era muy atractiva, poseía una cultura increíble y en sus diecisiete años parecía una mujer milenaria; sus gustos eran selectos, su andar airoso, su voz melodiosa y su rostro reflejaba algo que dejaba a todos encantados.
Físicamente era una chica de estatura media, con unos grandes ojos azules, y la mirada más penetrante que he conocido, solo superada por la de su padre; su piel era tan blanca que a veces las venas de sus brazos y hasta de su cara traslucían cuando se colocaba frente a la luz.
Angelina era diferente, nunca se había visto mujer así, tenía una hermosa cabellera, negra como la noche y unas pestañas largas resaltando sus bellos ojos.
Tan lejana a las otras chicas, casi todas inmaduras y escuálidas,  sencillas y hasta torpes; aunque poseyeran alguna belleza  —que sin duda la poseían—, ésta era eclipsada por su falta de experiencia y su actitud. Angelina se movía con un aire de superioridad aristocrática entre las demás, era un verdadero ángel, pero no irradiaba luz, era otra cosa lo que se desprendía de ella, su presencia dejaba un halo de frialdad en rededor y nadie podía sostenerle la mirada.
La primera vez que le vi me causó una impresión muy fuerte, pensé que se trataba de algún familiar de gente muy  importante, pues esa nobleza que poseía era tan arrasadora que no se podía pensar otra cosa. Era posible que fuese hija de algún político o empresario encumbrado.
Intenté acercarme a ella por todos los medios, pero era tan correcta, inteligente, y culta, que me sentía el ser más torpe del mundo cuando cruzábamos dos o tres palabras. Sin duda necesitaba aprender mucho si deseaba mantener una plática como a un igual con ella, siempre terminaba quedándome callado escuchándole admirado.
En la clase de literatura, sin haber cursado aún el College, ya tenía conocimientos profundos de muchos escritores famosos, mencionó a varios sin que yo entendiera muy bien a quienes se refería. Me habló de un tal Henry Joyce;   de Dante Alighieri, John Milton y  J Goethe; así como muchos otros; era una especialista en literatura universal.
Le escuchaba hablar y no sabía que decir, me parecía increíble que una persona de sólo diecisiete años hubiese leído a toda esa mezcla de gigantes de la literatura clásica y moderna a los cuales en mi vida había escuchado, pero aún más desconcertantes eran los juicios acertados que tenía de cada uno, como si hubiese vivido en su época. Era sólo la sensación de que ella los hubiese conocido en persona, no lo puedo explicar; cuando alguien habla de otra persona con quien ha compartido momentos, se puede notar en la forma de referirse a ésta, creo que saben a lo que me refiero.
Y no sólo como si los conociese, sino, como si hubiese sido amiga de ellos. Y de uno en especial me habló detenidamente, alguien a quien nunca había escuchado nombrar, me habló de Goethe.
Hasta después de tres meses, logré obtener una cita con ella para tomar un café; platicamos de muchas cosas, me dijo que prefería el ambiente intelectual del sitio elegido a cualquiera de los otros lugares que hubiese sido invitada por cualquiera de los demás muchachos, que eso había influido a que me aceptara como acompañante.
Yo no había elegido el lugar por lo intelectual, sino por el café que allí se servía, que era mi favorito y nunca había abierto un libro de los que se exhibían en los escaparates, pero le dije —para darme aires de importancia, aunque de  antemano sabía que estaba de más, pues a Angelina no se le escapaba nada— le dije,  sí, precisamente por eso elegí este sitio, ya que sé que a ti te gustan todas estas cosas.
Me habló de sus razones para viajar a Little Rock, era un pueblo pequeño y tranquilo, con un ambiente algo rural, pensaba que era justo lo que necesitaba para pasar desapercibida para las autoridades, pues tenía un problema de estatus migratorio.
Le pregunté por qué había elegido esta ciudad, a lo que respondió que no había nada en especial, sólo porque en ella tenía una amiga de la infancia llamada Amy a la cual visitó en algunas ocasiones cuando esta era una niña; tenía bellos recuerdos de la ciudad. Me explicó que con los años Amy se había convertido en la voz de una famosa banda de rock local. No supe a quien se refería, pero tampoco me interesó mucho conocer de quien se trataba, pues quien me interesaba realmente era ella; si hubiese sido un poco menos ignorante, si hubiera conocido a la cantante que me acababa de mencionar, quizá hubiese huido inmediatamente de ella, pero mi desconocimiento me hizo caer en su trampa como una gallina que entra por propia voluntad al matadero.
Pedí un café para cada uno y vi que ni siquiera lo tocó; no tomé a mal su gesto, ya que lo que me interesaba realmente era  su compañía, después de hablar de varios tópicos y dar a conocer nuestras respectivas actividades, me levanté de la mesa; ella se despidió de mí, me dijo que era una persona muy simpática y que le había encantado platicar conmigo durante estos sesenta minutos.
Había muchos misterios sin resolver y era increíble que personas tan elegantes y educadas como ella y su padre hubiesen tenido un problema con la oficina de inmigración y aduanas, la ley alcanza a todos, sin contar esas contadas excepciones a las que claramente Angelina y su padre no pertenecían.
Al llegar a este punto, alguien se estará preguntando porque dejé partir a Angelina después de la hora que habíamos pasado platicando, pero, quiero hacerle una pregunta a quien de este modo tan superficial esté acostumbrado a pensar.
¿Qué pasaría si te das cuenta que poco a poco se te acaban los argumentos y que, con la persona que estás hablando, independientemente de que ella diga que eres un gran compañero de mesa, sólo habla ella y ya no sabes que contestar, porque conoce tantas cosas que todo lo que tú dices suena pueril o vulgar?
No queda otro remedio que retirarse dignamente, concertando una cita para el futuro y de este modo prepararse mucho para que no te vuelvan a tomar desprevenido.
Ahora que me he justificado de porqué le dejé ir a las dos horas, me siento un poco mejor. Ya sé que no está bien que lo haga, pues al estimado lector quizá le venga valiendo un cacahuate, los motivos por los cuales me levanté de aquella mesa justo cuando Angelina estaba entrando en calor, quizá no sabía que para que se dé una buena plática, debe existir un buen conversador, en este caso ella, y un buen receptor, que a todas luces me tocaba a mí ese puesto, pero huí creyendo estar haciéndolo mal.
Quizá haya sido un acto de cobardía; ahora que lo pienso, estuvo mal y a Angelina le debe haber parecido muy graciosa mi actitud, y tal vez hasta un poco insultante; claro que sólo podría haber tomado como insulto mi vulgar forma de proceder, si ella misma hubiese sido un espíritu vulgar; pero era más que un alma conocedora de los sentimientos humanos, así que, comprendió y sólo sonrió, aceptando como natural mi estúpido comportamiento.
Sí, en ese pequeño intervalo de tiempo, me habló de la geografía de otros países a los cuales había visitado demostrando tener un conocimiento profundo de  la historia y la cultura de cada uno y no fueron dos o tres, sino decenas, en Europa, en África, en Asia, en América.
 También habló de un amplio repertorio de música, no sólo la moderna y los géneros más populares, sino muchos que para mí eran totalmente desconocidos. Lo que más me impresionó fue que conocía de música clásica, desde Schubert hasta Mozart y no sólo los nombres, sino, las biografías de esos hombres y los nombres de la mayoría de sus obras, que a mí me sonaban como a un catálogo de nombres repetidos; y lo que ya no se me hizo normal, me dijo saber tocar el piano y el violín, que un día de estos me invitaría a su casa e interpretaría los cuatro conciertos para violín de Vivaldi titulados las Cuatro Estaciones, con acompañamiento de su padre. “¿Completos?”, le pregunté, sin saber exactamente lo que estaba preguntando. “Sí completos”, me dijo riendo, claro que sólo será la partes que está compuesta para el violín, y la orquesta la sustituiría por un piano que su padre tocaría con los sonidos de la orquesta pues no tendría acompañamiento de una real, me dijo que en esta obra la orquesta no acompañaba al violín, sino que tomaba protagonismo en múltiples ocasiones y que era muy difícil de interpretar. No entendí de qué me estaba hablando y no le puse mucha atención, pues pensé que estaba bromeando, pero luego me dijo:
— Si no te gusta  Vivaldi, o quieres algo compuesto para un solo violín podemos deleitarnos con todos los caprichos de paganini.
No quise decirle que no sabía quién era el tal paganini, pero se me quedó el nombre en la memoria, sobre todo por la relación que establecí entre ese apellido, la palabra pagano y el brillo oscuro, melancólico y aunque suene ilógico, un tanto diabólico del rostro de Angelina a la hora de mencionar ese nombre.
Me había impresionado a tal grado y me hizo sentir tan ignorante, que no hice nada desde ese momento que investigar todas esas cosas de las que me había hablado para estar un poco más en ventaja la próxima vez; claro que si volvíamos a vernos, no hablaríamos de lo mismo.
Me dirigí a la tienda de discos y le dije al encargado que me mostrara el cedé de Vivaldi de las cuatro estaciones, el tipo me preguntó “¿Interpretado por quién?”, ya que tenía varios, y le dije, “Por Vivaldi” y no hizo otra cosa que reírse de mí con una carcajada que se me hizo muy grosera de su parte, luego me dijo, “Entonces tú no sabes realmente quien era Vivaldi, ¿verdad?”, le contesté que no eran para mí, sino para una amiga y que no, no sabía quién era, y que en vez de estarse riendo de mí, me explicara, que seguro él tampoco había nacido sabiéndolo todo, alguien tenía que haberle explicado también, no sólo quién era Vivaldi, sino todas las cosas de la vida que hasta ahora conocía.
Me miró un poco más serio y sin decir una palabra me proporcionó cinco discos, los cuales tenían el nombre de Vivaldi y el de los conciertos de las Cuatro estaciones. Le pregunté cuál era el mejor y me dijo, “Depende lo que estés buscando, calidad de ejecución, calidad de grabación, o si quieres alguna grabación histórica; también puede que estés buscando una interpretación conservadora, con instrumentos antiguos o una más moderna.”.
Le contesté que lo único que me interesaba era conocer  la obra de Vivaldi, sin que mucho tuviese que ver el intérprete, entonces me dijo, “En ese caso, has hablado como alguien que no tiene desarrollado su sentido musical, así que te daré este material que es uno de los más recientes y tiene una excelente calidad de grabación”.
Me tendió un disco con una mujer en la portada ataviada con un vestido muy largo de seda y un violín en la mano; la chica era hermosa y pensé, que también en la música clásica había glamour y no sólo el pop, claro que éste un poco más refinado, pero el fin era el mismo, llamar la atención del potencial comprador mediante una hermosa imagen.
Me explicó que, precisamente este cedé iba dirigido a aquellas personas que no sabían que interpretes eran  los mejores y sólo buscaban los conciertos, se les mostraban los discos y seleccionaban la de portada más bella. Al tener una mujer hermosa, era eso lo que compraban y no la música.
Le dije que ya bastaba por el momento de clases de música, que escucharía el cedé y que volvería por otro en el futuro. El precio del disco se me hizo estratosférico, veintidós dólares. ¿Acaso esta artista era más popular que el mismo Michel Jackson o cualquiera de esas súper estrellas que venden millones y sólo te cuestan sus discos quince dólares?
Me respondió que no me vendía lo popular del disco, sino la calidad de la música, era una grabación selecta, que se trataba de una de las compañías discográficas de más prestigio en el mundo y que la intérprete lo era también, entonces le pregunté, “¿No que no era de las mejores?”, a lo que él contestó, “Claro, no es de las mejores, pero es muy buena y es una gran producción.”.
Pagué los veintidós dólares y salí con la sensación de que me habían timado de nuevo por mi ignorancia.
Cuando llegué a mi casa y coloqué el cedé, comprobé que, en efecto, se trataba de una excelente grabación, aunque seguí lamentando los veintidós dólares que había pagado por ella.
***
Cuando asistí a una nueva cita con Angelina, traía un libro negro en sus manos con un símbolo extraño en su portada. No pude dejar de notar que se ponía nerviosa y trató de esconder el nombre del autor, esto me hizo sentir curiosidad y en un descuido de su parte eché un vistazo y alcancé a leerlo, se trataba de un tal Aleister Crowley y el título decía algo así como White Stains. Continuamos tomando nuestro café y no hice ninguna referencia a algo que me pareció trivial, sin embargo, cuando regresé a mi casa, el nombre se repetía en mi mente una y otra vez, por lo que para salir de dudas le busqué en el Internet, que era mi única herramienta a la mano.
Quedé profundamente impresionado cuando me percaté se trataba de algo así como un líder espiritual y que sus libros y filosofías eran inspirados en Satanás.
En mi vida nunca había tenido contacto con este tipo de libros, mi mundo transcurría a través de las lecturas de la biblia y las enseñanzas de Jesús; del demonio, sólo tenía las nociones que a todo buen católico le enseñan en la iglesia, que existe un infierno gobernado por un diablo y que éste quiere sólo el mal para los hombres y sobre todo para los que obedecemos a Dios.
Cerré inmediatamente la página lleno de terror. Quizá no leí bien, tal vez era  otro nombre o se trataba de otro Crowley.
Esa noche tuve pesadillas, soñé que venía el demonio tomándome en sus manos y lo más perturbador de éste es que, tenía el rostro de Angelina.
***
Después de aquel sueño, el comportamiento de Angelina cambió, se acercaba con más insistencia a mí y en una ocasión, cuando le saludé, nos dimos un beso en la mejilla y ella rozó la  comisura de mis labios.
Y para no aburrir al lector con idilios sin sentido, me saltaré todo lo referente a las sensaciones fuera de lugar que experimenté después de aquel pequeño roce, y sólo le daré a conocer que esa cita terminó con un beso que recibí en los labios de mi acompañante. Me dejó totalmente confundido, pues aunque le deseaba, no esperaba que fuera ella quien tomase la iniciativa; con esa actitud lo que logró fue intimidarme más.
Creo que ella lo notó ya que me dijo: “!Pero te has quedado pálido como un cadáver!”. Veía sus ojos penetrantes, azules y enigmáticos, mirándome desde los risos que los enmarcaban y pensaba en lo hermosos que eran y en lo fácil que le sería dominarme por completo si se lo proponía. Además, esa tonalidad translucida de su piel, le hacía parecer un muerto y creo que la intención de hacer referencia de mi palidez, fue para remarcar la propia y de algún modo intimidarme psicológicamente.
En un segundo, me pareció ver en su sonrisa  un gesto de maldad, luego me dijo: “Eloy Díaz, eres un buen mozo, desde hoy seré tu pareja, claro, si tú lo deseas del mismo modo, porque si no es así, no puedo obligarte a estar a mi lado”.
Me quedé con la boca abierta, nunca imaginé que una mujer me dijera lo que acababa de escuchar y menos una del garbo de Angelina Van Order.
Estábamos en la parte trasera del auto de mi padre, sin decir una palabra la tomé en mis brazos y la besé correspondiendo a su proposición; ella siguió el juego erótico que acabábamos de empezar, llegando casi a la consumación. Sin embargo, en el momento adecuado se detuvo, recuperó la compostura y me obligó a mí a hacer lo mismo.
Más tarde regresamos a nuestros hogares, esa noche no pude dormir. Pensando en Angelina, en esos ojos que me miraban en todo momento,  su voz  agridulce y esos labios rojos como la sangre. Y cuando la palabra sangre llegó a mi mente, entable la relación con otra palabra, vampiresa.
Ese era el término correcto para designar lo extraño en Angelina, era toda una vampiresa; extremadamente bella, sensual, erótica; de piel translucida y ojos azules; labios rojos e indumentaria negra; sin embargo relacionarla con los vampiros no tenía sentido, porque  éstos no son más que una moda impuesta por Stephanie Mayer y Hollywood.

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